«Anicca» ante el espejo

Siempre he tenido una relación difícil con mi piel, con tendencia a que no me gustara y a juzgarla con dureza: demasiado blanca, demasiado sensible, demasiado seca, poco lustrosa, poco bonita, nunca suficiente. A la pregunta de si cambiaría algo de mi cuerpo, mi respuesta ha sido siempre: mi piel.

Esta relación no ha ido mejorando con los años, más bien al contrario. A medida que han aparecido arrugas, manchas, líneas, marcas, flacidez,…, y todo aquello que nos pasa con el paso del tiempo a los cuerpos humanos, la relación no ha hecho más que empeorar. Ponerme ante el espejo y sostener el impacto de la vida en la piel no es un reto fácil, en especial cuando puedo tener acceso a todo un abanico de tratamientos, más o menos agresivos, que me podrían ayudar a borrar, con discreción, todo signo de vejez en el rostro.

Así que los últimos tiempos me he encontrado resistiendo o aguantando ante las presiones internas y externas para mejorar mi aspecto, como un acto de militancia, de resistencia, para reclamar y defender el derecho y el espacio a envejecer, confieso que sostener esta postura me parece consecuente pero no me hacía sentir necesariamente feliz.

La alternativa tampoco me satisfacía, ponerme en una carrera imposible de vencer, una lucha contra el tiempo y la naturaleza de las cosas tampoco era una salida real. Con alguna amiga también “activista” nos hemos llegado a prometer el resistir juntas a la tentación. Este reto puede llegar a hacerse tan duro de sostener que hemos necesitado apoyo mutuo y sororidad en la arruga.

Y así, han ido pasando años, bailando en la polaridad de imponerme envejecer naturalmente o dejarme caer por la dulce y tentadora pendiente de los tratamientos estéticos y su promesa de juventud eterna.

Pero gracias a la práctica tomé consciencia de que esa “presión estética” iba mucho más allá, y no por el hecho de ser general ni estar completamente normalizada, dejaba de ser una forma de maltrato y auto-odio que había interiorizado y abrazado totalmente y que me estaba generando un sufrimiento enorme, muchas veces inconfesado.

Tocar en profundidad este sufrimiento, abrirme a él, sin pretender banalizarlo ni esconderlo me permitió encontrar un camino medio a explorar. Abriéndome a él, este sufrimiento ante el espejo, esta mirada llena de hostilidad hacia mí misma pueden ser transformados en fuente de aceptación y amabilidad. De repente esta parte de mi cuerpo que no ha recibido más que reproches en su tarea silenciosa y vital puede empezar a recibir reconocimiento, agradecimiento o incluso amor. ¿Qué pasaría si me permitiese explorar esta posibilidad?

Quizás lo que pasaría sería que podría apreciar que mi piel es un milagro que lleva décadas protegiéndome de las agresiones externas, con los recursos limitados que tiene. Quizás vería que las células de mi piel reciben todos los impactos del sol, el viento, los productos químicos. Si lo veo así me parece que las células de mi piel son unas heroínas haciendo una tarea ardua y silenciosa , día tras día. Si miro profundamente puedo ver que mi piel es el vestido que llevo cada día desde que nací y que llevaré el resto de mi vida, el mismo vestido llevado cada día durante décadas. ¿Te lo imaginas?. Con los ojos de la gratitud pienso que hemos salido bastante bien paradas con unas cuántas o muchas arrugas y marcas, que todo ello son signos de vida y expresión como la corteza de un árbol que envejece. Me gusta sentirme como un árbol con una corteza que madura y tratarme con dulzura.

Si lo miro así, desnuda de hostilidad y aversión, surge de forma espontánea el amor, la gratitud en la mirada y la amabilidad en la relación hacia mí misma. Ya no tengo que resistir, puedo hacer de la imagen del espejo una práctica de no-hostilidad, de amor y aceptación radical. Sí, me apetece cuidarme, pero como un acto de amor y no de rechazo. Más alineada con la realidad de la vida y su impermanencia encuentro una paz que hasta ahora no había tocado. La práctica de anicca ante el espejo

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